¡Y que se les aparece el Diablo!

¡Y que se les aparece el Diablo!

En diversos cuerpos de agua de Nuevo León, ha sido detectado el  pez diablo (Pterygoplichthys pardalis), originario de Sudamérica, lo que ha  generado preocupación ante el desconocimiento de esta especie.

Perteneciente a la familia Loricariidae, este pez tiene presencia en la Presa de La Boca y los ríos La Silla, Santa Catarina y San Juan, aunque no se conoce actualmente, con exactitud la extensión de su distribución.

Los especialistas advierten que esta especie invasora puede afectar a las poblaciones nativas al competir por alimento y espacio, además de alterar su hábitat y modificar la ecología de los ríos, lagunas y presas donde se encuentra, dado que destaca por su capacidad de adaptarse a distintas condiciones ambientales, lo que le permite sobrevivir en lugares donde las especies locales podrían verse perjudicadas.

Erick Cristóbal Oñate González, investigador de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), señaló que una de las principales causas de su avistamiento es la liberación de ejemplares provenientes de peceras domésticas.

Estas especies llegaron por acción humana. Muchas personas las liberan al crecer demasiado en las peceras, sin ser conscientes del daño que pueden causar”, dijo el especialista            Investigador de la Facultad de Ciencias Biológicas de la UANL

De acuerdo con Oñate González, existen aproximadamente 800 especies de la familia Loricariidae, pero actualmente se reconocen alrededor de once especies del género Pterygoplichthys en América. En México, las más comunes son pardalis, disjunctivus y anisitsi, siendo la primera la especie que predomina en los registros de Nuevo León.

El pez diablo busca alimentarse incidentalmente de los huevecillos de otras especies, además de competir por microalgas y detritos. Asimismo, están acostumbrados a construir madrigueras en el sustrato de riberas y presas, las cuales pueden generar erosión y modificar la vegetación.

“Mientras las especies locales sufren con la contaminación o la falta de agua, el pez diablo se adapta y gana terreno”, indicó Oñate González.

En cuanto a la salud ambiental y humana, el investigador advirtió que el consumo del pez diablo requiere precaución ante la falta de conocimiento que se tiene de esta especie.

 “El problema del consumo es que pueden tener altos niveles de metales pesados; necesitamos estudios antes de recomendar su consumo”, dijo Erick Cristóbal Oñate González

Para enfrentar esta problemática, la UANL ha iniciado estudios orientados a identificar la distribución de la especie y sus posibles impactos ecológicos. El especialista universitario destacó la importancia de la educación ambiental y la participación de la sociedad para reducir la liberación de peces y promover prácticas de manejo responsable.

“No podemos pedirle a la población que cuide lo que desconoce. La educación ambiental es el primer paso”, afirmó.

Entre las estrategias de manejo que propone el especialista se encuentran la extracción controlada de ejemplares y la búsqueda de usos alternativos, tales como la elaboración de harina para acuacultura o ganadería y la obtención de colágeno y cartílago para aplicaciones industriales o artesanales.

 “Si los capturamos, hay que sacarlos del agua, pero también pensar qué hacer con ellos. No se trata solamente de arrojarlos a la basura sin aprovechar su presencia”.

Oñate González afirmó que el pez diablo representa un reto de investigación y gestión ambiental y que su manejo requiere colaboración entre instituciones, autoridades y la comunidad.

“El pez diablo es un reto científico, ambiental y social que debemos enfrentar desde varios frentes: educación, manejo e investigación”, concluyó.

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