Son el cel y las redes sociales la mayor amenaza que enfrentan niños y jóvenes
Por Antonio Castro
Si las advertencias y recomendaciones sobre el uso excesivo de dispositivos y redes sociales no se atienden de manera oportuna, los efectos negativos impactarán en la salud física, el estilo de vida, la salud mental y la estructura emocional de los niños y jóvenes mexicanos.
Es decir, los infantes y adolescentes corren el riesgo de presentar problemas cardiovasculares, miopía severa, trastornos crónicos del sueño y el desarrollo, vulnerabilidad a transtornos afectivos mayores, trastornos en la conducta alimentaria y dismorfia corporal, baja tolerancia a la frustración, aislamiento y fobias sociales, que amenazan con destruir el tejido social.
En lo que se refiere a los riesgos cardiovascular y metabólico temprano, la consolidación del sedentarismo en los primeros años de vida aumenta drásticamente las probabilidades de padecer obesidad crónica, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2 y problemas cardiovasculares desde la juventud.
El uso de los dispositivos y la falta prolongada de exposición a la luz natural, combinada con el enfoque cercano continuo, acelera la progresión de la miopía, lo que a futuro incrementa el riesgo de desprendimiento de retina o glaucoma.
Por otro lado, un déficit de sueño prolongado durante etapas críticas del neurodesarrollo altera la regulación hormonal —incluida la hormona del crecimiento— y compromete el sistema inmunológico a largo lazo.
Por el uso constante de los dispositivos, principalmente los más pequeños corren el riesgo de padecer lo que se conoce como “cuello de texto”, que es un desgaste prematuro de los discos invertebrales, y dolor crónico de espalda en la edad adulta joven.
En cuanto a la salud mental y la estructura emocional del niño y el adolescente, el uso de las redes sociales duplica el riesgo de consolidar cuadros de ansiedad generalizada y depresión en la adultez temprana.
Otro problema en ciernes son los trastornos de la conducta alimentaria que se presentan cuando los jóvenes, sobre todo, se comparan con los cuerpos “perfectos” de las redes sociales, lo que los lleva a padecer de anorexia, bulimia o dismorfia corporal de por vida.
En los más pequeños, que se acostumbran a la gratificación instantánea que proporciona el uso de las redes, se da el caso de que, una vez en la edad adulta, se convierten en seres con alta propensión a la frustración, la impulsividad y la inestabilidad afectiva.
Otro problema que se presenta por el uso prolongado de los dispositivos y las redes sociales es la dificultad severa para concentrarse en tareas complejas, procesar lecturas extensas o resolver problemas de fondo en el ámbito académico y profesional.
La sustitución de la interacción humana cara a cara por mensajes de texto o emoticonos limita el aprendizaje del lenguaje no verbal y la expresión facial, lo que deriva en adultos con menor empatía y dificultades para establecer relaciones interpersonales o de pareja profundas.
Pero, lo más grave, es el aislamiento y las fobias sociales que se manifiestan en quienes hacen uso prolongado de los dispositivos, a tal grado que el niño y el joven evitan el contacto directo con el mundo exterior al percibirlo como amenazante o demasiado exigente, lo que a la larga impacta en el tejido social y amenaza con destruirlo totalmente.
Todo lo anterior fue ya diagnosticado y se está combatiendo en países como Australia, que prohibió el uso de las redes sociales por menores de 16 años; China, que impuso el Modo Juvenil Obligatorio, en el que vincula el acceso a internet a la identificación del usuario por el estado; en Francia, España e Italia se prohibió definitivamente el uso de teléfonos celulares en las escuelas; y el Reino Unido y la Unión Europea en su conjunto implementaron la Ley de Servicios Digitales para modificar el funcionamiento de las aplicaciones para cuentas de menores.
Estas disposiciones son recientes y, por sí solas, ninguna medida ha logrado erradicar el uso problemático de las redes sociales.
Sin embargo, las medidas que han mostrado un mayor éxito real son las que combinan la prohibición del dispositivo en las escuelas con la obligación legal de las empresas a desactivar algoritmos adictivos, respaldados por el control y la supervisión de los padres de familia.
Aunque en México la discusión apenas empieza, sería saludable seguir el ejemplo de aquellos países que han dado el primer paso para proteger a la niñez y la adolescencia de las garras de las tan temibles redes sociales.
